El día 1 de marzo de 2011, Quiosco Durán cerró sus puertas definitivamente.

Si esta empresa fuese un banco, posiblemente el Estado nos habría echado una mano. Pero somos autónomos, la hez del empresariado, los apestados, y cuando pasamos por una crisis nadie nos perdona nada ni nos aplaza un impuesto ni nos ofrece una ayuda. Por lo tanto, ante lo que estamos pasando y la que se avecina, hemos decidido echar el cierre antes de que la situación empeore y no podamos salir de ella.

Queremos agradecer especialmente al alcalde Abel Caballero su empeño en acelerar nuestra quiebra con unas obras de humanización salvajes, hechas sin pensar en los comerciantes, que nos han mantenido durante siete meses sitiados y que nos han hecho perder la mitad de la clientela, que harta de tener que jugarse un accidente sorteando obstáculos, zanjas y maquinaria pesada, ha preferido ir a comprar a otro sitio.

Gracias a todos por estos cinco años de actividad.






















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LAS COSAS DE DON PACO

Francisco Delicado, don Paco, es "El Que Cuenta Historias". Así lo conocimos en El Café del Foro, un lugar de encuentro en la red donde durante nueve largos años nos deleitó con su excelsa prosa, siempre llena de emociones y recuerdos. Don Paco es conservador en sus ideas, ácido en sus escritos, cínico en sus comentarios y duro en sus calificativos.

A don Paco, como buen malagueño, le pierden las mujeres y la literatura, en la que se mueve como pez en el agua. Cuando escribe lo hace desde el alma y con el corazón, por eso hemos rescatado de aquel extinto foro algunas de sus geniales ocurrencias para que todos ustedes puedan disfrutar con su lectura.


Presentación

Yo nací el 28 de marzo de 1956.

Entonces había pocos coches, muy pocos; un Guardia Civil tenía tanta autoridad como medio Estado; la Iglesia estaba presente en todas partes, por supuesto en la educación. Aún había muchos afectados por la poliomielitis. Las mujeres aún recordaban cómo tenían que revisar las lentejas para eliminar los bichitos que las acompañaban; el Código Civil español no se había reformado, de modo que la mujer casada no tenía derecho alguno, salvo el "de llaves", o sea, dirigir las actividades domésticas; para todo lo demás precisaba de la autorización del marido. Apenas había televisores. Para hablar con un pueblo tenías que pedir conferencia, que podía tardarte varias horas o incluso días. En los colegios se distinguía con claridad a los alumnos de pago de los escasos becados.

El mar tenía la misma serena belleza de ahora.

En Estocolmo, Elizabeth estaba embarazada de Axel, que nacería unos meses más tarde.

28 de marzo

De mediados de siglo.
La civilización

Soy, ahora, un hombre solitario. Mis hijos están en Inglaterra, trabajando para no sé qué ONG; allí han conocido a unas italianas; ellas no hablan español y ellos no hablan italiano así que pratican el inglés y, sospecho, algunas cosas más.

Fiel a esa masculina costumbre de aprovechar las noches de soltería y soledad anoche tomé algo de vino blanco con gambas y salmonetes; no fueron más que el prólogo de un whisky, o tal vez fueron dos, alguno de los cuales di en tomarlos en eso que llaman un "punto de encuentro"; los maduros buscamos, como los toros las tablas, espacios donde guarecernos.

No sé por qué esos lugares son brumosos, abundan en oscuridades, en barras llenas de recovecos y en esa lánguida sensación de derrota que nos acompaña a quienes buscamos compañía a fuerza de mentiras.

- Tu estás casado ¿no? - me dijo Sandra, justo después de decirme que se llamaba Sandra a la vista de que, más allá de mi copa de whisky, andaba investigándola y, al fin y al cabo, en un punto de encuentro uno va a encontrarse.

- Mi vida está llena de circunstancias- fue la única respuesta que supe encontrar mientras desplegaba toda mi sonrisa, ésa que, según una forera de por aquí, convierte mis ojos en dos diminutas rajitas.

Sandra está separada o divorciada, o no quiere hombres permanentes en su vida, o le gusta la playa, o no sabe qué es leer cualquier cosa que no sea un best seller o descree de la política, o le gusta la noche, qué sé yo qué cosas pudo contarme mientras yo la imaginaba, desvestida, abundosa de carnes, gateando por mi amplia cama cuyo tamaño permite esos juegos que, hoy día, me dejan más maltrecho que contento con esa discopatía degenerativa que atormenta mi cintura.

No salí, no salimos, de aquel lugar demasiado tarde y nos adentramos en esas aceras en obras permanentes, sorteando socavones y coches. "Perycalipsis" o algo así es una novela que no escribió nadie pero Stanislaw Lem, en una práctica que tan del agrado hubiera sido de Borges, imaginó que alguien debió escribirla y en la que se relata la instauración de un premio para festejar que no se hubiera publicado nada; se escribe tanto, se compone tanto, en un mundo que ya ha escrito y compuesto todo lo posible que es deseable incentivar que la gente quede en silencio. En esa supuesta obra se dice, con acierto, que los humanos vivimos en un hábitat que no es más que el desperdicio de la civilización. Vivir en las ciudades modernas es atisbar diariamente porquería, calles sucias, coches pestilentes; todo muy civilizado y muy feo.

Pero me he desviado; ustedes sabrán perdonarme; ando envejeciendo por días; se me derrama el cerebro en oscuros pensamientos; decía que salí con Sandra, mi circunstancia de anoche, y, en efecto, terminé donde sospechaba. Mi cintura está bien y mi cerebro destila whisky; supongo que , a mi edad, no puedo pedir mucho más.
El vacío

Al margen de alguna broma, al margen de mi inmarchitable deseo de fastidiar a cuantos se muestran como muy izquierdistas, mi presencia en este y en otros foros en que haya estado se ha debido a mi permanente deseo de escribir alguna historia; describir lo que diariamente me ocurre aplicándole mi particular manera de ver las cosas, mezclándole mi caótico mundo de lecturas.
No me gusto nada como he dicho en alguna ocasión, y no trato de inspirar falsa lástima. He vagabundeado por psiquiatras y sicólogas (¿No recuerda alguien mi sicóloga de piernas inacabables y busto palpitante?) tratando de lograr alguna estima; pero ese disgusto me ha permitido examinarme, reirme si he podido de mí mismo y tratar de aplicar esa desgana a todo cuanto veía.

Pero ahora me encuentro ante ese vacío que tanto asusta a quienes escriben. Yo no escribo más que para este puñetero foro, bien para enfadar a unos cuantos (que saben muy, muy bien quiénes son) bien para remover los jugos de unas cuantas señoritas y, en ocasiones, para satisfacerme a mí mismo.

A ciertas edades no puede uno abusar de la masturbación, así que ha de darle gusto al cerebro de otra manera ¿o la masturbación le daba gusto a otra cosa?. Yo lo hacía escribiendo, que es algo de lo que soy incapaz ahora.

Ayer mismo tuve en mi despacho a una de las más despampanantes mujeres que haya tenido ocasión de ver, una colombiana de piernas como autopistas, pechos como colinas y labios atómicos; estaba casada, o más bien unida a un empresario grodinflón, de dientes desparramados por la boca y pelo huidizo. Sospeché que detrás de esa relación y justo en el refulgente anillo que la colombiana exhibía en uno de sus dedos se encontraba una historia sorprendente. La historia, vaya, la historia de la Humanidad: mujer joven calienta a señor mayor y le saca cuanto tiene.

Pero no pude contarla. Pasé, más tarde, un buen rato con ellos en el Juzgado y me derretí con cada mirada de aquella criatura celestial, pero no he podido urdir una historia.

El vacío.

¿De qué depende? ¿Por qué podemos escribir algo y ese algo, además, tiene encanto en ocasiones? Y ¿Por qué no podemos escribir repentinamente?.

Supongo que se ha agotado el mundo, mi mundo que sigue siendo el de siempre. Cada mañana me enfrento a alguna policía o guarda jurado, alguna mujer vestida de uniforme; cada mañana veo el mar; cada día entra a mi despacho mi secretaria morena y la obligo a agacharse para tomar un papel que ha de fotocopiar de nuevo; cada día atravieso mi calle, mi calle populosa llena de ruidos y sonidos y vida. Lo he contado tantas veces que ya no me queda vida o no me queda vida que contar...

Pondré fin a este vacío que me duele. tal vez sea cuestión de poner fin a la vida.

Qué dureza, qué crueldad.
Las vidas

Algún forero me perdonará este desvaído recuerdo por provenir de quien proviene, pero el caso es que en alguno de sus libros Borges, aquel Jorge Luis Borges ciego y enfermizamente enamorado, reelaboró su prólogo.

Sabrán ustedes que era un especialista en prólogos; de hecho uno de sus libros (del que tengo una primera edición y, tontamente, desaproveché una segunda que era más bonita) se titula "Prólogos. Con un prólogo de prólogos".

Bien, pues decía que en uno de ellos, reelaborado pasados más de treinta años desde la primera edición, concluía afirmando, al verse a sí mismo transcurrido tanto tiempo que cuando escribió el libro amaba la noche, los arrabales y la desesperación pero que en el momento en que reescribía el prólogo le gustaba la mañana, el centro y la tranquilidad.

Puede que fuera "Fervor de Buenos Aires" pero en todo caso expresaba con la contundente simpleza que le caracterizaba ese paso inexorable del tiempo.

No vivimos, pues, una vida, sino unas vidas. Nos gustan cosas que nunca nos gustaron, abominamos de otras que nos encandilaron.

No creo que vuelva a comer un solomillo a la pimienta, que es algo que ingerí a menudo, pero me encanta la cebolla frita que era incapaz de probar.

Pensé que la noche y la embriaguez eran el inevitable pórtico del amor. La vida tenía sentido muy de madrugada con el cálido alcohol recorriendo tus venas y, agotado, entendiendo finalmente qué quería decir esa mujer de ojos intensos que era la más hermosa del mundo, la que justificaba tu vida.

Cuando, ahora, en tantas noches me descubro en la terraza de mi casa débilmente iluminada tan solo lo suficiente para poder atender alguno de los libros que me acompañan y me dejo llevar por el torrente del silencio y esa inefable sensación de estar aisladamente unido con el Universo entero me sorprendo al comprobar que apenas son las 10 o las 10.30 de la noche y que en breve estaré en la cama.

Hubo, en efecto, un momento en el que, como Borges, sólo entendía los arrabales y la desesperanza; me deslizaba entre bares prohibidos con el alma embargada por la idea de que todo debía ser cambiado. Ahora, me siento más confortable iluminado por la luz de la mañana y me sobrecoge la idea de que las cosas cambien demasiado, vaya a ser que lo hagan a mal.

No vivo la misma vida; no visto igual, no me dejo la misma larga cabellera, no me preocupan las mismas cosas y sospecho que aún ha de ser peor; tal vez mi próxima vida suponga un fenómeno de absoluta introspección. Temo terminar hablando exclusivamente con mi mente, o sea con el otro, el Otro Borges, ese otro yo que está comenzando a pedirme conversación, agotado como estoy de hacer lo mismo desde hace ya demasiado tiempo.
Pobre y calvo

Santiago Nasar, el protagonista de Crónica de una muerte anunciada había soñado con una llovizna tierna pero yo había soñado, como siempre últimamente, con alguna historia espantosa. Hace tiempo que me peleo en las pesadillas nocturnas; debe ser que se me aparece algún forero.

El caso es que al amanecer me di cuenta, de pie, con la cara estragada por arrugas y el mal sueño, que me andaba quedando calvo. El espejo de mi cuarto de baño es grande, ocupa toda una pared de modo que es difícil escapar de la pavorosa realidad que a veces te refleja. Ya sé, ya sé que es bueno cuando me exhibo desnudo y me digo “Paco estás para comerte a tu edad” pero hay ocasiones, como aquella mañana (fue ayer ¿no? ¿o anteayer?) en que desde aquella enormidad del azogue surgía una imagen, la mía, que delataba una cierta decrepitud.

Desdichadamente, no soy capaz de tener una erección en esos momentos; no, no soy un jovencito de modo que mis erecciones matutinas siguen existiendo pero con menor asiduidad y, en todo caso, la patética imagen que me miraba, absorto, cansado, somnoliento, no invitaba a nada sexual.

Traté de rememorar mi vida; eso me da en ocasiones una cierta alegría; uno recuerda libros, mujeres, bebidas, recuerda los escasos momentos en que ha puesto en juego esa misma vida y tiende a animarse. Pero yo solo veía que mi pelo no era el pelo que era. Ni tengo tanto ni es tan fuerte. En esos momentos, lo menos que se espera de ti es que cojas el bote de alcohol del botiquín, lo rebajes con algo de agua y des un fuerte trago; o dos, o tres. Algo que te embote la cabeza y te permita ver la mañana de otra manera.

Porque la verdad es que en ese momento, justo cuando miraba cómo había crecido la entrada de la zona izquierda de mi cabeza, cómo se aprecia, ahora, el cráneo que antes quedaba oculto recordé que había firmado una nueva hipoteca y que la mañana anterior, el Director de un banco me había comentado con cierta ironía que a ver si reponía cierta cuenta que andaba en rojo. En rojo, yo. Hostias.

Un largo bostezo me permitió dejar de ver mi imagen, la de ese patético ser de pelos desharrapados, incipiente barba, sexo decaído y color perdido. Porque este verano he llegado a estar de un moreno que ha roto a más de una socia de mi club; oh, sí, he tenido a varias separadas tocándose cada vez que me acercaba. Pero ese es otro tema.

Contaba Ernst Jünger cómo a finales de la segunda guerra mundial una mujer supo que su marido, largo tiempo preso, iba a ser liberado de modo que le envió a prisión comida; el preso fue liberado con antelación a la fecha esperada y cuando llegó, sorpresivamente, a su casa encontró a su mujer acompañada de otro hombre y de dos niños pequeños que no eran suyos, claro. Unos compañeros de prisión del marido comieron con avidez lo que la mujer le había enviado y cuatro de ellos murieron merced al arsénico que contenía.

Así es la vida, me dije; una pura sorpresa, o puta sorpresa que cambia poco la dichosa palabra.

Y recordé que existe el minoxidil, o minoxidilo; algo así me había dicho no sé qué médico quien sospechaba que yo aún podía comprar cualquier producto; yo, que estoy empobrecido y soy incapaz de reponer cuentas corrientes exhaustas. Así que me fui a la farmacia más cercana, una que está casi al lado esperando encontrar a Fermín, el farmaceútico, tan agradable como siempre y hombre como yo, que ya sabemos que estos problemas de alopecia nos los transmitimos con más armonía entre varones.

La puerta de la farmacia se abrió, noté el frescor del ambiente refrigerado, oí los pasos desde eso que llaman la rebotica y no salió Fermín, ya podeís imaginar. Salió su virtud; porque la mayor virtud de Fermín es su ¿manceba? Se llama así; bueno como se llame ese pedazo de carne con labios repintados que se enfunda en no sé qué bata blanca siempre abierta justo hasta donde comienza un barranco inconquistable y que te mira con unos ojos negros y brillantes que representan la perdición.

La manceba está para matarla a lametazos pero es absolutamente imposible pedirle algo para el pelo. ¿Suponen ustedes que yo podía reconocerle a esa Operación Triunfo de la carne que andaba perdiendo pelo? ¿admitirle la decrepitud a una chica con un escote sideral? ¿dirigirme a esa preciosidad y decirle con tranquilidad que mi organismo comenzaba a no ser el que era? ¿y luego le reconocía que esa misma mañana no había amanecido empalmado? Antes le pedía arsénico como la amante que contaba Jünger.

Buenos días, le dije, quiero aspirinas.

Afortunadamente ella no recuerda que soy alérgico al ácido acetilsalicílico; pero da igual, las aspirinas son baratas y cuando, más tarde, las tiré a una papelera comprendí que mi desesperada cuenta corriente, mi inalterable pobreza, no iba a verse demasiado afectada.

Ahora me queda encontrar otra farmacia; una farmacia atendida por algún hombre con el que pueda debatir acerca de este pelo odioso que lucha por abandonarme.
La vida: Instrucciones de uso.

Con regularidad abrumadora he de analizar mi sangre para controlar que mi corazón no sufra, como si yo no le diera bastantes malos ratos. Hoy me corresponde, así que tras la ducha, y sin desayunar, trato de llegar a la cita en el centro de salud. Cuando voy a entrar en mi coche, se me cae el teléfono portátil, que se desliza, arañando el suelo, bajo el todoterreno de mi vecino. Mi vecino no ha cambiado ni de tototerreno ni de rubia; mis denodados esfuerzos por recoger el teléfono sólo consiguen deshacer la impecable raya de mi pantalón. He de apresurarme, volver a casa, buscar, encontrar algo largo (sí, sí, ya sé que debía buscar en mi interioridad) y llevarlo de nuevo al garaje. Consigo rescatar el teléfono, cuya pantalla es ya casi inservible.

Llego a mi hora a la cita; las extracciones se hacen junto a la consulta de pediatría. Aunque es temprano, las madres jovencitas, esas diosas de la fecundidad, esas jóvenes amorosas, cuidan de sus retoños mientras me exhiben sus pechos abundosos y sus rostros repletos de cariño.

A mí no me importan que me extraigan cosa alguna; a veces hasta propongo indecentemente que me extraigan todo lo extraible; pero a mi lado, cuando es mi turno, un señor serio y de gafas tiembla con el brazo rígidamente extendido mientras se va poniendo blanco. Antes de volver a sumergirme entre ese mar de madres deseables, dejo a mi compañero de extracción atendido por dos ATS y trato de llegar a mi despacho.He de atravesar una vez más ese aparcamiento que tan grato me era, creo haber contado, por una vigilante jurado de briosa porra y deseable melena a la que ya no veo. Esto es lo malo que tienen los contratos temporales, que se te va la vida en prorrogarlos y, a veces, se te atasca alguno en el camino.

Ustedes conocerán Calle Larios en Málaga; es mediana, peatonal, atiborrada de comercios y permanentemente transitada; en ella me sorprende Andrés, el lotero; Andrés me vende lotería hace muchos años y el único premio que ha sido capaz de darme hasta ahora fue un abrazo que me dio una vez que le felicité porque volvió a ser padre. Andrés es gitano, gitano de pura cepa, moreno, oscuro, de pelo revuelto y diente de oro. Es pastor de no se qué iglesia, de ésas que triunfan en barrios marginales. Andrés, tan moreno, me limpiaba los zapatos hace tiempo; recuerdo que casi cada mañana alcanzaba yo una cafetería en la que tomaba un cortado mientras él, afanosamente, lustraba mis zapatos. Tenía yo entonces, y no sé si conservo, un aspecto de chaqueta impecable y fijador abundante que ni yo mismo resistía. Verme allí, tan revestido, con mi gitanillo a los pies hizo que me dieran ganas de agredirme. Ya no me limpio los zapatos. O lo hago muy de cuando en cuando, sólo si no llevo fijador y así puedo soportarme un poquito más.

Andrés me persigue para venderme el número ése que termina en siete y nunca toca. Cuando me lo vende y se lleva su porcentaje, me sonríe como a un colega, porque él me ha expuesto muchas veces sus teorías y yo he asentido dándole la razón de modo que compartimos, él cree, la idea de que la mujer está hecha para cuidar de los hijos y hacerle la comida al marido y que si la mujer está soltera lo que tiene que hacer es buscarse novio.

Una teoría, me digo, como otra cualquiera de forma que sigo caminando por la calle en esta mañana luminosa de diminutas nubes rasgadas y apacible mar en la que me da por recordar a un francés (sí, es ver a muchas mujeres y pensar en un francés, que no sé qué desatinos alberga mi mente) un tal Georges Perec que escribió allá por mediados del siglo pasado un libro “La vida instrucciones de uso” así sin comas ni nada que es como un microcosmos complejo pero que tiene un título bien llamativo y decido emplearlo para contar tan solo estas dos o tres cosas, ejemplo de lo que es la vida, ejemplo de esas cosas que cada día nos pasan de modo que uno debe estar instruido para encontrar loteros varoniles o perseguir teléfonos portátiles (me resisto a llamar móvil a algo que no se mueve por sí mismo) o para perderse entre la dulce belleza de jóvenes madres. La vida, que necesita multitud de instrucciones.
Mi viejo hermano

Por razones profesionales mi hermano está pasando unos días en mi casa. Aquellos con quien he compartido foros muchos años me habrán leído que mi hermano era bárbaro, sí de esos bárbros que siempre vienen del norte.

Mi infancia, mi feliz infancia, estuvo marcada por el trato femenino; mi madre y mis tres hermanas cuidaron de mí, que era el pequeño. 11 y 10 años me llevan mis hermanas mayores; ya podeis imaginar, fui un juguete para ellas. De ahí esa felicidad que siempre proclamo; mi vago recuerdo de entonces lo marca un árbol, un aguacate bien grande, que presidía el jardín y a cuya sombra una mesa y sillones metálicos eran un constante punto de encuentro; de otro lado, yo pasaba de mano en mano, de rostro en rostro, de beso en beso; mis tres hermanas se me repartían. Pasaba horas en su habitación, o paseaba con ellas, u oía tocar el piano a la mayor o, finalmente, leía cuentos de la Condesa de Segur; siempre me recuerdo leyendo.

Ya siendo algo mayor entendí porqué mi hermano nunca estaba presente: sus malos resultados, su carácter rebelde, le había granjeado estar siempre interno en un colegio de sacerdotes e incluso en verano había de recuperar asignaturas en otro internado.

Pero cuando llegaba, la dulce paz femenina en la que yo me deslizaba quedaba completamente interrumpida. Su presencia era un cataclismo.

Le he visto sacar de su bolsillo navajas, balas, instrumentos que me eran desconocidos y que dejaba indolentemente en su mesita de noche. Organizaba peleas de zapatos, pegaba a mis hermanas, volvía en ocasiones sangrando, atiborrado de heridas; robó una cabra que metió en casa hasta que el cabrero, con la Guardia Civil, la rescató; se recolgaba de los tranvías que existían entonces de modo que no pagaba pero se jugaba un buen porrazo; tomaba coches de caballos de los que huía sin pagar cuando estaba cerca de casa, golpeba a otros niños cuyos padres reclamaban al mío que les abonara los gastos médicos; atravesó una puerta de cristales en la que dejó la marca de su figura humana y hubo de ser hospitalizado; le he visto romper sillas enfrentándose a mi madre y a mi padre.

Y yo, entretanto, leía cuentos acompañado de tres jovencitas dulces y apacibles.

Ahora, en las primaverales noches de este otoño de mi ciudad, me quedo mirándolo, a sus 56 años, y le oigo hablar y fumar. Fuma sin parar, acompañándolo de una tos ronca y constante. Está separado y muy peleado con su mujer; se le murió una hija de 5 años; se arruinó y vive a salto de mata; ahora unos días en mi casa, después en otra casa, ahora con una novia, ahora con otra.

Hace unas noches, ya en la penumbra, le recordé aquella infancia feroz; le recordé que pegaba a las niñas, que deshacía la paz familiar

- Es que te estaban amariconando- me dijo desde detrás de una nube de humo, con su voz rugiente de fumador.

Yo recordé que Amiel, un escritor suizo homosexual, alcanzó cierta fama con su biografía en la que relataba haber sido educado por su madre y hermanas de tal suerte que fue aquella educación sensitiva y suave la que, tal vez, motivó su inclinación sexual. Amiel aprendió a ver la vida con los ojos y el alma de una mujer.

Así que volví a mirarlo, apreciando su pulso inquieto, vibrante, sus ojos chispeantes y ese gesto final de hombre abrumado y me pregunté si, en el fondo, aún he de agradecerle que aquellas escenas salvajemente viriles que tanto me desconcertaban no fuesen el origen de ese desmedido deseo que me provoca la cimbreante figura de cualquier mujer.
Imágenes

Anoche, momentos antes de dormir, abrí la mesita de noche no recuerdo con qué ánimo pero me encontré una vieja foto que conservo allí. Es una foto de mi madre joven. Ya saben que mi madre murió hace poco un día que yo pelaba fruta.

Es una foto muy antigua; ni siquiera sé si yo había nacido; es en blanco y negro con esos bordes que parecen el de un huevo frito; se la ve a ella, con gafas, joven y guapa, y en un vago entorno.

Por muy vago que fuera, sí alcanzo a distinguirlo o al menos a que me sugiera algo.

Verla a ella joven y hermosa, ver ese lugar en el que estaba, me desencadena, siempre que la miro, una nostalgia que raya en la desolación.

Nunca me canso de decir que mi infancia fue muy feliz. Afortunado yo que puedo decirlo.

Mi madre nunca volverá ni mucho menos será la que era en aquella foto, en blanco y negro, con la gama de grises, pero con una capacidad de evocación fascinante.

No sé qué tiene las imágenes que guardamos, qué enorme importancia pueden alcanzar.

En una de las más famosas novelas góticas, "El Castillo de Otranto" de Horace Walpole, una de las escenas de terror se da por el hecho de que un personaje sale del retrato que cuelga en la pared; el retrato toma vida.

Ustedes recordarán "El retrato oval" (Roderick Usher, de seguir por aquí, seguro que lo recuerda) de Edgar Allan Poe, en la que la protagonista muere coincidiendo con la culminación de su retrato. Ese retrato asume la vida de una persona.

Sí, sí, ya sé que me olvidaba de Wilde, de D. Oscar y su "Retrato de Dorian Gray" ("El cuadro de Dorian Gray traducen últimamente"). ¿Qué se puede decir? el retrato sigue paralelamente la vida del protagonista y va adquiriendo la vejez que no afecta a aquel y el brutal aspecto de malvado que tampoco afecta a aquel.

No cabe duda de que los retratos, la reproducción de imágenes, ha tenido un cierto sentido mágico que en las obras que comento llega a ser perturbador.

No es éste mi caso; la evocación que ciertas imágenes me provoca (especialmente la que comento de mi madre) tiende a ser amablemente nostálgica; prefiero rememorar aquellos hermosos momentos que la vida me ha dado. Aunque inevitablemente lo haga con un sentido pesimista, queriendo creer que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Tal vez sea mejor prohibir esa reproducción de imágenes como ocurre en el mundo musulmán.

Aunque, qué quieren que les diga, siempre le gusta a uno volver a mirar a su madre cuando era joven.

Tengan buenos días.
Los ciclos

Siempre se habla de la primavera, pero el otoño tiene también días espléndidos. La luz mediterránea, en otoño, puede llegar a ser admirable incluso en un cementerio. No sé si conoceis el parque cementerio de Málaga, pero tiene, a poca voluntad que le pongas, algunos hermosos rincones.

Incluso cuando uno enfila ya, en el coche, la avenida de salida y deja a sus espaldas la solemne iglesia, siempre se dice que la vida es bella. No sé qué artilugio emplea nuestra mente para hacernos ver tan apacibles las nubes después de codearnos con la muerte.

De modo que opté no sé si fue hace dos o tres días por poner la radio mientras veía alejarse la iglesia en el retrovisor. Y la radio de mi coche, es claro, me trajo "Kiss FM", con sus canciones de siempre. (Un día de éstos he de poner la SER, me dije. Estoy seguro de que Gabilondo debe ser mucho mejor de lo que creo).

Pero la plácida música de Kiss FM sólo produjo una reacción en mi hijo mayor, que iba junto a mí

- uf, cómo raya- dijo mientras su mano, en cuya muñeca se agolpan pulseras de todo tipo que, afirma, son regalos de chicas, se apresuraba a cambiar de canal hasta encontrar una emisora en la que regurgitaba no sé qué música infame.

- esto parte- dice, mientras su hermano, detrás, alaba la elección.

La vestimenta de ambos, alejada de la atrocidad que Roz pretende hacer de ellos, es insólita para mi gusto.

Veo al menor atareado en el móvil, enviando uno de esos 102 mensajes que, según la factura, envió en el último mes.

Aman una música atroz, gustan de cosas atroces. O bien, aman la música que yo amaba a su edad y visten con el cuidado descuido que yo tenía con su edad.

Recuerdo que la doctrina del eterno retorno, esa invención de Nietzsche, ha sido refutada. Viene a decir que el número de átomos que componen el mundo es desmesurado pero finito y, por tanto, capaz de un número determinado de permutaciones por lo que se alcanzará el número posible de permutaciones y el universo tiene que repetirse. Volveremos a nacer, volveremos a crecer, volveré a escribir este post, volverás a leerlo tú que lo lees.

No debe ser verdad, o debe estar mal formulado.

Volvemos a vivir en los demás, en los nuestros. Yo revivo mi universo en mis hijos; ellos odian la música que amo como yo odiaba la música que amaba mi padre; ellos envían mensajes como yo escribía cartas atravesadas de amor desesperado.

Al fín, ellos vendrán aquí mismo, a conducir de vuelta, alejándose de la iglesia, derramando lágrimas por mí, que estaré incinerándome.

Sí, la doctrina de los ciclos es correcta; tal vez está mal formulada.
La triste realidad

El 22 de Diciembre del 2000, después de 14 días de estancia en el Hospital Regional Carlos Haya de Málaga como consecuencia de un infarto, me desperté revuelto. Una vez más la enfermera de todas las mañanas, tan amable como todos los profesionales que me atendieron durante esos días, llegó sonriente y me dio el desayuno. Bueno, intentó darmelo, porque yo le dije con gesto adusto y tono de voz muy fuerte:

- Señorita, no solo no voy a desayunar sino que, desde este mismo momento, me declaro en huelga de hambre y le advierto que pienso escaparme.

Mientras ella se reponía del susto, tomé un teléfono, llamé a casa y dije en tono alto y claro que me trajeran ropa porque pensaba irme inmediatamente de aquel antro.

En los momentos posteriores llegó un médico, otro, otro más y, finalmente, el Jefe de Sección de Cardiología.

Por supuesto todo ello como consecuencia de mi comportamiento, que chocaba frontalmente con la amabilidad que había venido recibiendo.

Sencillamente estaba ahogado, me asfixiaba permanecer allí; necesitaba cambiar aquello.

Y, por supuesto, no comí bocado hasta la hora del almuerzo.

Mi numerito sirvió para que adelantaran mi salida del Hospital, de modo que, contrariando la opinión de algún médico, me dejaron irme a los dos días.

Pero yo monté el número.

Como he hecho aquí.

Y como volveré a hacer.

Porque frente a vuestra absoluta amabilidad; frente a la del Comandante que ha tenido hasta la delicadeza de dedicarme un apartado, yo monto un número.

Porque ésa es mi condición; y sé que volverá a ser así.

Como el bestiajo ése del violador que, en fin de semana, vuelve a violar y matar, así mi condición es montar algún número en alguna ocasión.

Y decir que intentaré evitarlo cara al futuro no es más que una declaración de intenciones con escasos visos de prosperar.

En "La sonata a Kreutzer", Tolstoi relata las razones intensas por la que su personaje mata a su mujer, movido por sentimientos de una intensidad arrolladora.

Así, como un cuchillo rasga un velo, como la Sonata de Beethoven tiene una intensidad insuperable, mi mente organizará antes o después algún desaguisado.

Y viejo como soy, o mayor, o adulto, o cansado, digo que me temo que volverá a ocurrir y tendré que irme, tendrá que echarme el Comandante.

Así ha sido siempre.

Todo lo cual cuento no para despertar ningún sentimiento de fácil afecto, sino para advertir que igual que sabemos que nos gusta el fútbol o las novelas rosas, que nos encanta el chocolate o la sal, así yo sé cómo soy y cómo no puedo resistir ciertas compulsiones.

Aunque en la serenidad me diga que sí, que lo intentaré.
Comprando entre jóvenes

Tratando de retomar una necesaria templanza encuentro en otro foro esta simple historia que me ocurrió en los días posteriores a aquellas manifestaciones contra la guerra en una de las cuales, en Galicia, un conductor arrolló a una joven. Tal vez volver a escribir lo escrito me serene.

No sé porqué recuerdo yo una tarde lluviosa de este pasado invierno, pero el caso es que llevaba una gabardina que, siempre, me hace sentir bien, me conforta enormemente. Como otras veces, entré en una librería de segunda mano, un lugar apacible con largas estanterías de madera. Siempre encuentro viejos libros de poesía en estas librerías, a precios casi irrisorios.

En esta librería, además, para qué negarlo, la mujer del dueño camina con una especial dulzura. Es una chica rubia que se desliza por aquel espacio armonioso; desde la primera vez, su presencia me recordaba aquellos versos de Baudelaire

Cuando barres el aire con esas amplias faldas,
eres como un navío que se hiciera a la mar
y que se deslizase con las velas al viento,
siguiendo un ritmo dulce, perezoso y pausado.

Ya sé que no se llevan hoy amplias faldas, pero la lánguida hermosura de esa rubia siempre me conforta. Era agradable oir el repiqueteo de la lluvia allá fuera, abrigado con la gabardina, rodeado de las estanterías abarrotadas de libros y sabiendo que en mis proximidades, aquella rubia de pelo lacio y mirada traviesa presidía el atardecer paseando como un navío que se hiciera a la mar.

De pronto descubrí "Tres horas en el Museo del Prado" de Eugenio D´Ors en una edición de 1940. No creo que ese libro se encuentre hoy día; desde luego, aquella edición podía muy bien estar en una librería anticuaria, de modo que al ver su precio, de librería de segunda mano, comprendí que me encontraba en uno de esos momentos en los que el comprador está seguro de estar haciendo una excelente compra; era una oportunidad que, no creo, se me vuelva a dar.

Cuando ya tenía en mi mano aquel librito, aprecié que dos jovencitas entraban con bolsas llenas de libros que querían vender.

Mi hermosa como el navío extrajo algunos, de suerte que pude ver el rostro de Alejandro Sanz en alguna portada. Yo me entretenía entonces con unas viejas obras completas de Dostoievsky en aquellas prodigiosas ediciones en piel de Aguilar y cuando volví mi rostro, la librera andaba diciéndoles que no podía comprarles aquellos libros.

Seguí, aferrado a mi conquista, mirando otros libros y cuando ya me dirigía a pagar, entró otra joven, bajita, rechoncha, muy seria, que preguntó por libros de Stanislavsky...

- ¿Stanislavsky?... me suena...

- Se trata de teatro.

- Verás, debe estar allá al fondo; porque como ése es tan raro y lo mismo le dá por el esoterismo y esas cosas...

- ¿Esoterismo?- la bajita se había quedado como paralizada y no sabía qué decir.

Yo seguía palpando mi libro, mi tesoro, pero aquel sonido a lluvia y aquella magia que me trasladaba toda aquella parafernalia de libros me hizo hablar a borbotones; necesitaba que la rubia, hermosa como el navío, como los libros, supiera que yo existía

- Perdona, pero tal vez te confundas; ella habla de Stanislavsky, el creador del "método Stanislavsky", precisamente, que sirvió como método de enseñanza en el "Actor´s Studio"; de allí salió James Dean y Brando. Y hubo alguno de ellos que le comentó a Robert Mitchum si conocía ese método, el Stanislavsky, y el Mitchum respondió que no, que él conocía el método Smirnoff, mucho más satisfactorio. Y tú, tal vez, te refieres a Jodorowski, un escritor argentino o uruguayo o sudamericano en general, muy dado a decir cosas llamativas; habla del idioma de los clítoris, o dice que un hombre de verdad, un hombre de los auténticos se denota en que siempre mea en la ducha; no lo hace como consecuencia de una necesidad perentoria; de hecho, todos meamos alguna vez en la ducha ante una necesidad, pero el hombre de Jodorowski siempre, siempre, mea en la ducha.

Y de pronto me dí cuenta de que sólo yo me atendía a mí mismo; sólo yo daba importancia a aquella parrafada insensata.

Mi adorable rubia, hermosa como el navío, dijo algo de que eran nombres extraños; las adolescentes recogieron los libros de Alejandro Sanz que, finalmente, no serían revendidos; la aspirante a actriz se fue, de cualquier manera, hacia el fondo, por si aparecía cualquier aski o dowski que la sacara del aprieto y yo pagué los pocos euros que costaba aquel libro que, aún, está en mi mesa de despacho y toco casi a diario, feliz de haber conseguido una compra excelente.

Salí de nuevo a la lluvia, consciente de haber pasado un rato más en la vida, cruzando mi camino con personas a las que no vería más, contando historias que importaban un rábano a todo aquel tropel de mujeres de edades distintas y bellezas distantes, pero inconsciente de que mucho después una niña, joven como alguna de aquellas, habría de interrumpir el tráfico, sería arrastrada por un conductor estúpido y a mí me provocaría no sé cuántas incomodidades, al ver qué cantidad de... de... de... de saldrían en su defensa.
Gays

Justo antes de almorzar me enfrento de nuevo al televisor y, en Canal Satélite, observo durante un rato un programa de ésos compuesto de pequeños trozos de otros. Aprecio la reiterada presencia de homosexuales enfrascados la mayoría de las ocasiones en alguna pelea. Su presencia, indico, es reiterada y lo es especialmente en programas dedicados a reflejar en público conflictos personales; en eso que algunos llaman "telebasura".

Hace tiempo me refería, creo que fue en este foro, a la desproporción que encontraba en la literatura y el arte en general en cuanto a participación homosexual.

Si uno repasa la historia de la literatura encontrará un enorme número de creadores homosexuales; pintores de la talla de Leonardo da Vinci lo fueron. Si uno analiza el porcentaje de carpinteros, electricistas, taxistas o abogados homosexuales es infinitamente más pequeño que el que encontrará en la literatura, el teatro o la pintura.

No encontraba respuesta a ello hasta que leí una, creo que acertada, interpretación; Alberto Manguel, un escritor canadiense de origen argentino, afirmaba que los homosexuales (entre los que él se encuentra, claro), a diferencia de otras minorías, no podía reproducirse de modo que su manera de perpetuarse era participar activamente en la cultura, en cuya construcción habían tenido una participación decisiva.

Creo, en efecto, que es una curiosa y muy real manera de entender el fenómeno.

El problema ahora es que esa presencia se hace cada día más activa pero en una cultura disparatada.

Si la poesía moderna se ha construido gracias a la decisiva contribución de Federico García Lorca o Luis Cernuda, resulta que modernamente la cultura que se nos transmite es el penoso espectáculo de homosexuales reprochándose su propia vida y enzarzándose en peleas tan abominables como estériles.

Todo lo cual no quiere ni mucho menos desdecir nada de ellos, sino apreciar con enorme tristeza el penoso descenso de las manifestaciones culturales de nuestra vida moderna.

Todo esto me pasa por desviarme de mi sana costumbre de no ver televisión.
Metros

Embutida entre dos agarraderas, una espectacular gorda observa mi llegada al metro. Desde hace algún tiempo cuando voy a Madrid sólo empleo el metro; ya me pierdo menos y no aparezco en Lavapiés. La gorda come chicle; lo mastica con fruición y estoy seguro de que finalmente lo tragará; sus roscas de piel se mueven con el traqueteo de algunas curvas. Llego a Nuevos Ministerios y un joven guaperas se introduce; su cuidada melena rubia, sus pulseritas, su manera de caminar, todo revela que se gusta a sí mismo.

Allí, de pie, con mirada aparentemente perdida, contrasta su rubia belleza occidental con dos africanos; el metro es cosmopolita; quechuas y watusi lo pueblan casi a partes iguales.

En no sé qué estación asciende un desgarbado tipo; uno de los personajes más feos que yo haya visto; de los más feos que haya visto el guapera, que lo mira con esa cara de desprecio que pone quien es incapaz de entender que la naturaleza te haya doblado tanto la nariz o te haya hundido los ojos. El feo lee; en el metro leen todos, o al menos muchos; sorprende que en mitad de esas masas humanas, tan pegadas en el espacio, haya tanta distancia provocada por la lectura; leen, los habitantes del metro leen. Leen "El Código da Vinci" y "El Señor de los Anillos".

El feo, a quien sigue escrutando, sorprendido, el bello efebo, lee algo de Alfaguara; intuyo que es "La carta esférica" de Pérez Reverte; y el feo, desgarbado, descuidado, tiene el libro medio deshecho, con páginas dobladas por doquier.

Tuve un amigo que en la Universidad presumía de haber leído en el metro "El mundo como representación y como voluntad" de Schopenhauer, pero supongo que fue una pedantería de él, que presumía de ganarle a cualquiera jugando al tenis con una maleta en una mano y la raqueta en la otra.

En una ocasión llevó a cabo su alarde y, para atosigar al contrario, introdujo un cepillo de dientes y un bote de colonia en la maleta, dura, de modo que en cada carrera que daba a responder a las bolas del contrario, sonaba el golpeteo del contenido de aquella maleta con la que, en efecto, ganó el partido.

Yo no podría leer en el metro; yo bastante tengo con apreciar la exagerada voluminosidad de la gorda que mastica chicle, los pies radiantemente ebúrneos de uno de los negros que se aposta junto al guapito que mira al feo y desastrado lector.

Creo que es Alonso Martínez donde desciendo; donde descendemos como una marea, una multitud de usuarios que se desperezan, se alargan, nunca forman una red compacta de humanos. Nunca voy a manifestaciones; me imagino que en ellas la gente se mezcla, se une, se apelmaza a puro grito, a pura reivindicación; en el metro, no. En el metro la gente cierra el libro que ha estado leyendo y sale casi a la carrera sin unirse a nadie; todas las individuales se aprecian; es como una corriente que atraviesa los pasillos pero sin fundirse, son muchas unidades, muchas individualidades caminando; en mitada de aquella maraña uno está solo, sujeto exclusivamente a la carrera, a la posibilidad de enlazar con presteza con otro metro.

Y en cualquier esquina resplandece la voz de alguna chica que canta o una guitarra que tiembla.

Si uno tiene tiempo, si sólo quiere ver el pulso de la vida; si quiere sumergirse en una barrera de coral habitada de especimenes distintos, puede pasearse por el metro; debe hacerlo.

Y no olvide llevar algún libro; cualquier que esté de moda es suficiente.
Del Tiempo y del Olvido

No sabemos qué cosa es el tiempo, pero todo lo medimos con él y a él no cesamos de referirnos; decimos que las cosas tienen su tiempo, pero éste es, demasiadas veces, tan pequeño.

La acción de "El Acoso", una de las muchas buenas novelas del cubano Alejo Carpentier, dura el tiempo de interpretación de la Tercera Sinfonía de Beethoven. Muchas cosas han pasado a su término, pero el tiempo ha sido tan limitado como demanda la ejecución de la sinfonía.

El largo tiempo de incubación y desarrollo de una enfermedad se vuelve nada una mañana en la que entramos a tomar café en el bar de siempre y en lo que el camarero emplea en depositar la taza en nuestra mesa, alcanzamos la convicción de que nuestra angelical hija es, en realidad, una devoradora de hombres, una gata pérfida que ha destrozado corazones como quien toma un jugo de naranjas y que aquella dulce criatura almacena una morbosa realidad. No salimos del bar igual, hay una nueva percepción.

Enfrentamos la calle de siempre, con esa misma luz matinal de primavera, los mismos transeúntes, el mismo murmullo y los mismos escasos minutos que creemos emplear en llegar al siguiente cruce; miramos de repente hacia detrás y apreciamos que, en ese tramo, acabamos de entender que no volveremos a ver a la mujer que amábamos, que nuestra vida sentimental se ha roto definitivamente, que el contacto que fue habitual my necesario no se dará nunca más; unos metros, unos segundos, y la vida ha cambiado.

En "Réquiem por un campesino español", Ramón J. Sender desarrolla la acción en el tiempo que emplea un sacerdote en revestirse para oficiar un responso; en tan escaso tiempo, el cura toma conciencia de la verdad de su vida, que no volverá a ser la misma.

Emplearemos decenas de años en formarnos o en entender el comportamiento de ciertas personas y bastarán segundos, la ejecución de una sinfonía, la reconcentrada introspección de uno mismo, para cambiar definitivamente.

Y se agolpará el mismo dolor en uno, ya lleve años meditando una decisión, ya le venga repentinamente el doloroso conocimiento de la realidad
Almuerzo de recuerdo

Me llama la hermana de Axel para acudir a una comida; seremos pocos, me dice, y lo recordaremos. Y yo, que lo recuerdo siempre, acudo. Espero tomando un oporto en la pequeña barra del restaurante, uno de esos de comida exquisita, con servicio cuidado y entorno fastuoso. El oporto me abre el apetito y sonrío cuando la hermana, deslumbrante como siempre, aparece.

No somos muchos, es cierto; ella y 4 hombres más ¿sólo hombres? Me digo, me extraño. Axel fue mujeriego; vivió de eso, por cierto. Salvo su segunda mujer, una riquísima americana sesentona y con parkinson, siempre anduvo rodeada de jóvenes hermosas.

En estas comidas tiene uno siempre la tendencia a hablar del fallecido un poco, sólo un poco; se le recuerda con algo de pena, al principio, mientras alguna cerveza triste recorre la mesa. La última mujer de Axel anda en Suecia y no volverá a este Sur que él tanto quiso. Hablamos de los dos países; comemos, alabamos los platos, bebemos; en su perenne recuerdo bebemos; él, que fue un grandioso vividor, amaba su tierra pero sostenía que los suecos carecían de vida; demasiado civilizados, nos decía.

Sofía, su hermana, anda repleta de silicona pero conserva un encanto enorme, estas mujeres tan rubias, tan carnales, con esos ojos centelleantes, no permiten que uno se descuide.

Tiene una manera embrujadora de llevarse el cigarro a los labios; expulsa el humo con una fuerza que te atrapa.

Al final, no podía ser de otra manera, aparece alguna mujer. Sofía había reservado un fin de fiesta por llamarlo así y para la copa final aparecen unas viejas amigas de él. Liz, mucho más joven que nosotros, sigue siendo el mismo delicioso ejemplo de vikinga que siempre fue. Creo que solo el whisky que me recorre el organismo me sujeta al sillón. El tintineo de copas, ese brillo indeciso de las luces indirectas, la larga conversación, las risas, el recuerdo de algún verano en el inmenso bosque sueco, permiten alargar la tarde en la que el rostro de algún camarero refleja el cansancio. Junto a Liz, una amiga, una chica realmente exótica, con un cruce oriental, creo que vietnamita; sus rasgos orientales, el oscuro color de su piel contrastan con unos ojos celestes, como el de todas ellas.

De pronto, en un arranque escandinavo, Liz habla de sexo y dice, me dice, nos dice que para ella el sexo con hombres es tan estimulante como con mujeres.

-Con ésta- continúa, señalando a su joven y exótica amiga- me he acostado muchísimas veces

y sonríe antes de beber un sorbo pequeño de no sé qué licor.

Yo creo que ha llegado el final; mis whiskys me ofuscan, un latigazo recorre mis vértebras; Rafael, un viejo y querido amigo, recuerda que tiene un barco, que se puede ir a navegar.

Con esta temperatura, con estas copas... me digo; Dios mío, la sueca ésta ha destapado la caja de los truenos.

Los dejo, enfrascados en todo menos el recuerdo del amigo muerto. Salgo a la calle; las primeras tinieblas envuelven la ciudad; estoy seguro de que Rafael luchará inútilmente por contemplar a aquellas dos criaturas enfrascadas en el amor.

Axel no está; no queda nadie; queda el deseo, el recuerdo, el instinto masculino. Creo que me canso de ser. Leeré un soneto de amor de Shakespeare si mi cabeza me lo permite.
¿Exceso de malicia?

Me invitan a una casa-palacio, un Hotel de Relais&Chateaux, de grandes muros y patios floridos. Dejo mi equipaje en una lujosa habitación como paso previo a una copa de bienvenida; un Möet muy frío servido en una habitación palaciega, una biblioteca de paredes recubiertas de madera y de sofás comodísimos.

Somos muy pocos y, de pronto, descubro que se me ha sentado una vieja conocida al lado; entrechocamos nuestras copas

-Mucho tiempo sin verte, Elena.

-Sí, es una pena dejar pasar el tiempo; te veo bien.

Se levanta con cierta armonía y me permite ver su espalda, desnuda; lleva un escote asombroso, hasta el límite de la cintura; una minúscula verruguita estropea aquel inacabable homenaje a la carne.

Recuerdo que ella me visitaba a diario en la UVI; hace ya tres años de mi problema, pero ella mandaba por allí; se movía como dueña y señora y a diario, al despertarme, me encontraba con el periódico que me había dejado mientras yo dormía. Vuelve a sentarse, sonriente; una música suave suena de fondo; quiero recordar de quién es cuando noto su espléndido olor mientras se aproxima a mi oído.

-Es que estás mucho mejor que allí en la UVI, desnudo y entubado.

Le sonrío mientras aprecio las burbujas de su copa; brillan a la luz menguada de unas velas sobre la mesa; no pierde la sonrisa y recuerdo que, en efecto, en la UVI se está desnudo.

-Bueno, mi corazón está bien, lo controlo, aunque me voy acostumbrando y ya cometo algunas barbaridades.

Se detiene en su sonrisa; sitúa la copa de champagne junto a sus labios, la rueda sobre su barbilla y, con lentitud, me pregunta

-¿cometes excesos, muchos?

-Bueno, voy volviendo por la vieja senda; cometo algunos, sí.

Las risas se elevan; hay algunos invitados más; me levanto, paseo entre los trajeados señores, admiro algunos cuadros y, finalmente, aprecio que desde un amplio ventanal, un patio rebosante de flores alberga una piscina iluminada.

Por encima de la plácida música, de alguna carcajada aislada, oigo unos tacones, son sus tacones, lo sé; su olor me hace saber que ya está junto a mí y me vuelvo

-Creo que necesito conocer qué perfume usas

-Debieras imaginarlo- responde con una chispeante sonrisa; su copa de champagne vuelve a estar llena y deja en el borde una señal de sus labios antes de proseguir

-Chanel nº 5; ya sabes que se duerme desnuda y se usa como camisón.

No me da tiempo a responder; vuelve a mostrarme su espalda y emprende su cadencioso caminar; antes de sortear un amplio sillón, se vuelve y con los ojos entrecerrados culmina su frase -¿qué colonia usabas en la UVI?

Bien, de acuerdo, me digo mientras vuelvo mi mirada a la brillante piscina, vale, sí, en la UVI estaba desnudo y ella puede que alguna vez mirara, qué más da.

Me abraza cariñosamente un elegante arquitecto al que llevaba tiempo sin ver y me lleva a ver el salón al completo; él conoce bien la casa palacio y me enseña algún mueble, unas pesadas cortinas, un piano que reposa, enorme y desafinado, tras un recoveco, junto a un ventanal al patio central. Elogio las hermosas pinturas, los candelabros y me quedo bebiendo un último sorbo de champagne mientras él se va y Elena, taconeando, se aproxima

-Ah, Paco, qué agotador es este bullicio, pero qué delicioso es el Möet.

Se acerca poco, apenas a un palmo, allí donde el olor de su Chanel me envuelve, y pregunta, me pregunta por la madera del piano

-Es precioso- dice, pasando sus dedos admirablemente pintados, y haciéndose un hueco, se sitúa entre el piano y yo; su espalda desnuda parece respirar y su culo, finalmente, se aposenta sobre mi entrepierna. La madera del piano brilla, trémulamente, al amparo de un candelabro que lo preside; su mano derecha levemente alzada con la copa de burbujeante champagne, y con el alto murmullo de los invitados justo detrás de la esquina, noto cómo se aprieta, como tuerce un poco la cintura, se agacha hacia el piano y me exhibe su espalda suave mientras aprieta su culo, menos compacto de lo que yo deseara, contra mi entrepierna asustada.

-Elena- alcanzo a decirle entrecortado –tal vez debiéramos vernos en otro momento.

Resuenan unos pasos, ella se mueve con agilidad y yo sonrío a una pareja de viejos amigos.

Entre la marea de camareros sirviendo canapés, de trajes inmaculados, señoras de espléndidas galas, aún alcanzo a oir a Haydn; ése sí me suena y, al volverme, sonriente, me encuentro a Elena, de grandes ojos verdes, siempre sonriente; me toma de la corbata, tira de mí hacia abajo y me susurra, muy pegada a mi oído

-¿para qué quieres verme, tú, canalla, que cometes excesos como me dices?; la mezcla de su aliento de champagne y su perfume hacen de Haydn un Dios inigualable.

- Quiero enseñarte los cambios que he experimentado desde la UVI- le respondo, nervioso, ansioso, comenzando a cansarme.

Pero ella vuelve a exhibirme la espalda; la única parte de su cuerpo que alcanzo a ver una y otra vez, mientras se escapa, se desliza entre los invitados y, finalmente, cuando nos llaman para cenar, se sienta tan lejos que acepto hablar con un oftalmólogo acerca de la inminencia de las elecciones catalanas; a mi otro lado, solemnemente sentada, una señora afirma estar horrorizada con el servicio filipino.

Acabada la cena, en las últimas copas, acierto a ver que se dirige al servicio; me apresuro a ir yo también y cuando sale, me encuentra rondando

-Hermoso patio- me dice caminando hacia la puerta; la abre y exhala el aire, como si oliera a algo más que la intensa humedad que yo siento.

Vuelve a tirar de mi corbata, aproxima su boca a mi oído; noto su aliento, su olor y se detiene un momento para decirme

-Ahí viene mi marido, Paco-

Se acerca a recibirlo, con grandes aspavientos; se quita los zapatos, de tacones altísimos, y se aleja, jugando con ellos colgando de sus dedos finísimos, mientras la oigo exclamar

-Qué ganas de meterme en la cama.
La seducción

Es amplio el restaurante, abarrotado de botellas en sus paredes. Me invita el delegado en Málaga de una Consultora; viene con su Directora Regional y, me advierte, es una mujer encantadora.

Desde lejos, mientras camino hacia la mesa, la veo difusa, morena y sonriente. Se levanta apenas, me extiende la mano y no me parece nada del otro mundo.

Me siento; una cerveza y una sonrisa me acompañan.

Carlos, el delegado, habla alto, casi estridente.

Rechazo pronto la cerveza y pido mi Oporto mientras miro el vertiginoso escote de ella.

-María del Mar- me dice que se llama, y sonríe. Un estallido blanco se asoma a su boca. Y miro su escote; miro su escote rotundo, duro, amplio, inacabable. Absoluta y completamente deseable.

Mientras el dulce vino se desliza por mi garganta, comprendo que su escote es insondable, apetitoso. Y ella, cuarentona ya, no se pinta. No.

Ni siquiera los labios; no va pintada en absoluto.

-Terminaremos el proceso el día 10- me dice él, mientras pido un entrecot de ¿de? ¿morucha?. Ella lo pide también, y me mira a los ojos, mientras aparta su pelo, deja su cuello al descubierto.

No pienso en el entrecot; su cuello es, también, deseable.

Tomo compulsivamente pan y vino, miro a la puerta y vuelvo la mirada hacia ella; sin pintar, con su cuello hermosísimo, con un escote sólido; no, sólido es su pecho, sus pechos, esa fortaleza carnal.

Me dan a probar el vino y descubro, detrás del sabor a roble, que ella tiene un botón sin abrochar; su camisa tiene un botón sin abrochar allí justo donde la carne se hace más dura.

Y mientras hablamos del proceso, y de las acciones a emprender, ella juega y juega con su pelo; ella sonríe y gira su cuello, descubierto, limpio, rotundo.

Bebo una y otra vez; siempre con su sonrisa, con el jugueteo de su pelo y con aquel inmenso, abrasador, escote.

Hablamos de que en su sector, las mujeres abruman, son mayoría; prueba es que ella es la jefa del hombre que, patéticamente, me digo yo, parlotea entre nosotros.

Cuando pido un whisky, creo que ya se me nota el deseo; ella ha dejado de jugar con el pelo y de descubir su cuello y, delicadamente, habla de su marido en una ocasión.

Nuestro compañero de mesa habla de un anuncio de televisión en el que tres hombres, en una barra, se quedan embobados mirando a una chica que juega al billar.

-Somos muy previsibles- dice, mientras yo doy un trago al whisky, con los ojos enardecidos en el escote de aquel enorme pedazo de mujer que me resulta irresistible.

Acordamos un precio; acordamos unas condiciones; me vuelvo al camarero, pido otro whisky y giro mi rostro hacia el de ella, ese rostro sin pintar hermoso y dulce.

La visión, aún inquietante, es reducida; su botón se ha cerrado. Sigue existiendo ese presagio de la carne que constituye el abombamiento de su blusa; pero el botón se ha cerrado; el escote ha perdido vértigo.

Debí decir otro precio. Debí sugerir otra comida.
Acerca de la noche y yo

Creo que mi primer recuerdo de la noche, de la noche que habría de acompañarme para siempre, se la debo a Vicente Aleixandre. Yo era entonces un niño que entraba en la adolescencia, un joven adolescente digamos, cuya orientación estaba perdida; me resultaba imposible entender nada salvo mi propio amargo mundo interior. Dormía solo en la habitación última de un viejo caserón, junto a una ventana que presidía un árbol, viejo conocido de algunos daziberos. Recuerdo que, a la luz de una lámpara, leía y leía; era "La destrucción o el amor" de Aleixandre y cuando, angustiado, pasaba mis ojos por dos versos

todo soy yo que siento cómo el mundo se calla
y cómo así me duelen el sollozo o la tierra

Oí un ruido y me asomé a la ventana; era un coche, un coche fúnebre que ascendía por la alameda cercana. Entonces, por allí, había poca circulación y me quedé estremecido, asustado; reparé de pronto que eran casi las 3 de la mañana; nunca había estado despierto tan tarde y todo se lo debía a la lectura, una lectura mas movida por el sentimiento que por la comprensión.

Pero aquella estremecedora mezcla de la proximidad de la muerte, el arrebatado sentimiento de un adolescente y la placidez lectora me hizo reparar en que la noche albergaba una quietud y una desesperanza que me eran gratísimos; leí algo después la Oda a la noche de Neruda

Noche,
noche mía,
noche de todo el mundo,
tienes algo
dentro de ti, redondo
como un niño
que va a nacer, como una
semilla
que revienta.

Y durante años me hice, en lo posible, noctámbulo. En su serena oscuridad, en su silencio, encontraba el mejor momento de leer, de recrearme en mis ensueños; y en beber, claro, en cuanto crecí y comencé a hacerlo. ¿Y hay mejor momento para el amor que la noche suave?

Pero cuando la noche se convierte en una obligación surge aquel viejo poema de Borges

De fierro,
de encorvados tirantes de enorme fierro, tiene que ser la noche
para que no la revienten y la desfonden
las muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto,
las duras cosas que insoportablemente la pueblan

"Insomnio" se llama el poema que comienza así; algo que él padeció y le condujo incluso a un débil intento de suicidio (eso y los inacabables dolores de sus muelas).

¡¡¡El insomnio!! el duro, aterrador, obsesivo insomnio. Ya no recuerdo desde cuándo no duermo sin pastillas; y de la noche sólo su comienzo se me antoja hermosa.

Ha dejado la noche de poseer ese encanto; el mismo Borges, cuando reescribe en 1969 el prólogo de su "Fervor de Buenos Aires" y recuerda aquel 1923 en que lo había escrito, decía:

En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.

En fín, como siempre, que nadie haga caso a mis palabras; recordemos el inicio del "Escrito frente al mar" de J.L. Panero

No escuches ahora mis palabras, no las oigas,
mira el mar, la tarde, tibiamente, cayendo

feliz fin de semana.
Mi vecino

Justo junto a mi vetusto vehículo aparca el suyo un vecino; un todo terreno de esos enormes, desaforados, de modo que, desde el asiento del conductor, él puede mirar mi insignificancia.

Mi vecino es notablemente mayor que yo; quiero decir que yo creo que mi vecino es notablemente mayor que yo; a mí me parece un señor mayor, venerable, respetable, pero mayor. Lo veo pocas veces, y siempre acompañado de dos niñas, con sus perfectos vestiditos. Son niñas con vestiditos; es decir, niñas pequeñas, colegialas que a duras penas alcanzarán los 10 años.

Pero él es mucho mayor que yo; se le nota en la ausencia de pelo, en sus arrugas, en esa enorme curva prominente de su vientre; sus gafas, su apsecto todo es de señor mayor, mayor que yo.

Mis hijos no tienen 10 años; no qué va, los míos tienen 15 y 13; y, con perdón, pelos en los huevos y unos pitazos enormes; sus habitaciones refulgen de mujeres escandalosamente desvestidas y hermosas como flores.

Pero mi vecino, el del todo terreno y las niñitas, apareció hace poco con su mujer. Yo iba a abrir la portezuela de mi coche y él se acercó, con su alopecia y su barriga y sus muchos años, con las niñas y con su mujer.

Con su mujer, digo, como esas que cuelgan en la habitación de mis hijos.

Mi vecino es mayor, y está casado.

Su mujer apareció ayer, con su melena rubia y unos ojos que no alcancé a ver detenido, mientras rebuscaba las llaves, en sus largas piernas y en su culo compacto.

Mi vecino, el mayor, el viejito, encendió la luz del garaje; una luz que iuminó a mi vecina; porque ella es mi vecina; la madre de las niñitas, o la portadora de esos dos pechos que justifican el mundo, la rubia ésa, ésa, ésa misma que caminó por al garaje y pasó junto a mí para subirse, con su estela de Chanel y el cimbrear de su cintura, en el todoterreno que conducía mi vecino, el viejo ése.

Su marido.
Cojones.
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Página en continua construcción, destrucción y vuelta a empezar. Todos los derechos reservados, pero que cada uno se lleve lo que pueda, no vamos a salir detrás a quitárselo, allá cada cual. Yo también he ido copiando cosillas de aquí y de allá para componer esta página. Sean felices y no olviden supervitaminarse y mineralizarse.

© Alfonso Garrido 2012